Ya hace mucho tiempo que la sociología electoral demostró que el votante no es un animal racional que vota. La imagen de un elector que consulta (casi) todos los programas electorales antes de parir una papeleta es un infundio viejo y falso, cuyo origen debe de andar perdido entre las cabritas de Teócrito. La decisión final se mueve entre dos extremos, uno de largo recorrido, la tradición anclada en la memoria, y otro de trayecto más exiguo, la pulsión psíquica: pulsiones in y pulsiones pro, como los discursos de Cicerón. A ambas dedican sus esfuerzos las campañas electorales (y desafortunadamente la mayor parte de la política actual).
En consecuencia, para tanta minucia no tiene sentido la mayor parte de los impossibilia que nos planteamos ante la decisión electoral (llamo la atención de que usamos el término electoral… Ni político ni ético, electoral).
A) Por ejemplo, no podemos desear, en las actuales circunstancias, que el PP Moreno deje de obtener mayoría absoluta y que el apoyo a Vox decrezca considerablemente, pues esa mayoría se basa en la debilidad de los voceros de la ultraderecha. La declaración del chico de Adelante Andalucía de que va a arrebatar a los cabreados de las garras de Vox es, cuando menos, falaz, c’est-à-dire que si a ti te sale un hijo o sobrino banderito, lo mejor es que le muestres la posibilidad de votar SALF o Falange Española de las JONS, que esos sí que son fieles a las esencias de España… Las posibilidades de que el voto no germine son mucho mayores, la verdad. Lógica electoral, ni ética ni política.
B) Tampoco es posible desear que el PSOE aumente sensiblemente su capacidad de respuesta ante el PP Moreno y que la candidata y su estructura política reciban un buen rapapolvo, porque las cosas no se hacen así y si se produce un, aunque sea, relativo vuelco electoral, la organización nunca se va a reforzar ni los militantes van a poder jugar un papel esencial en la dirección política. Sirva de recordatorio que eso lo saben Sánchez y su porquero. Y su barquero. Y su surfero.
C) También es triste de ver (pero más triste es robar) cómo deseamos con ansia una fuerza de izquierdas que sea capaz de mejorar el día a día de la gente, pero agasajamos a quienes pasan sus días levitando sobre el mar de Galilea y llevándose las manos a la cabeza si los demás pasan algo de su tiempo con pecadores pescadores. El voto de pureza no es electoral. Yo conocí a un director de instituto que, cuando se rellenaban los desiderata de grupos y horario para el curso, advertía: “Tened cuidado con lo que pedís, que a lo mejor se os concede”.
En definitiva, el cálculo electoral de un individuo (o microgrupo) ante unas elecciones no es asunto complejo ni condiciona la paz mundial. De hecho, si ponemos distancia, se nos hace más fácil y tenemos opinión sobre lo que (no) votaríamos en Estados Unidos, el Reino Unido o los Emiratos Árabes Unidos (voto censitario, creemos).
La política es de otro percal: se extiende en el tiempo (con formación y presencia en pueblos y barrios, nos permitimos recordar) y se construye con éxitos y fracasos, intentando suplir los segundos con los primeros. La ética, por su parte, debe presidir la política, siempre que podamos definir sus principios y fines, que difícilmente van a ser universales ni ajenos a los grupos dominantes, como advertía don Carlos M.
El empeño electoral es en esencia memoria y pulsión. Pues dejémonos llevar por esta sin olvidar aquella. Pero al día siguiente de las elecciones, conocidos los resultados, nos ponemos a hacer política, no a preparar otros comicios.
Yo, al menos, estoy Por.
Pedro A. Jiménez Manzorro
Profesor de Educación Secundaria y Analista de datos de Sociología Andaluza
