Antonio Ramírez de Arellano
Antonio Valverde Asencio
En nuestros artículos inaugurales en Primeros Principios, hace ya casi un año, mostramos nuestro convencimiento de que, con el segundo mandato de Donald Trump, que entonces acababa de comenzar, se iniciaba un camino irreversible a un nuevo (y gran) desorden mundial. Esta previsión no sólo se ha consolidado, sino que algunos autores hablan ya, con razón y directamente, de caos. No sabemos o, al menos, aún no sabríamos calibrar, las repercusiones o las consecuencias del conflicto con Irán pero, a estas alturas, ya hay tres certezas incuestionables: serán muy graves, serán globales y, quizá lo peor, son imprevisibles.
Y es que la guerra recientemente iniciada no es solo un exponente más de la nueva política. Aunque repita patrones y se pueda incluir en una evolución de actuaciones precedentes, supone un salto cualitativo con una conclusión, de haberla, muy difícil de predecir. Esta guerra abierta, pero no declarada formalmente, tiene una dimensión descontrolada. Va más allá de la enésima escalada del conflicto de Oriente Medio y se aproxima a una especie de “solución final” en manos de adalides de la guerra, con discursos llenos de un “ardor guerrero” que sonarían ridículos –de hecho, suenan ridículos– si no fueran dramáticos.
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