Merz y Rutte
La OTAN, una estafa peligrosa para Europa
Thomas Fazi
CTXT
22/05/2026
Trump
ha vuelto a crear revuelo entre los europeos. En esta ocasión, ha anunciado la
retirada de unos 5.000 soldados de Alemania como parte de una decisión del
Pentágono motivada por la disputa pública del presidente con el
canciller alemán, Friedrich Merz, sobre la guerra de Irán. El recorte supone
aproximadamente el 14 % de los cerca de 35.000-36.000 soldados norteamericanos
actualmente estacionados en Alemania, y se espera que se lleve a cabo en un
plazo de seis a doce meses, devolviendo los niveles de las fuerzas
norteamericanas a los que tenían antes de la invasión rusa de Ucrania en 2022.
Trump ha insinuado que podrían producirse más recortes. Ha calificado la medida
de “castigo” por las críticas de Merz a la gestión de la guerra por parte de
Washington, entre las que destaca la afirmación de Merz de que Irán ha
“humillado” a los Estados Unidos.
Esto forma parte de una ofensiva más amplia, lanzada por Trump contra los aliados de la OTAN en las últimas semanas, por su negativa a enviar fuerzas navales para ayudar a abrir el estrecho de Ormuz. Les dijo a los miembros de la OTAN que “tendrán que empezar a aprender a defenderse por sí mismos” porque “los Estados Unidos ya no estarán ahí para ayudarles, igual que no estuvieron ustedes ahí para [ayudarnos a] nosotros”. Trump también ha amenazado con retirar tropas de Italia y España, y ha vuelto a plantear la posibilidad de que los Estados Unidos abandonen la OTAN por completo. Cuando se le preguntó en una entrevista reciente si reconsideraría la pertenencia de Estados Unidos a la Alianza, Trump respondió: “Oh, sí, diría que [eso] va más allá de una reconsideración”.
En
este contexto, el ambicioso programa de rearme de Alemania se presenta de forma
generalizada como un paso positivo en la dirección correcta: Europa está, por
fin, tomando las riendas de su propia seguridad. Pero, ¿se sostiene este
discurso? ¿Y hasta qué punto hay que tomarse en serio la amenaza de los Estados
Unidos de abandonar la OTAN? Un análisis más detallado revela una imagen muy
diferente.
El objetivo es transformar la Bundeswehr
en “el ejército convencional más fuerte de Europa” para 2035, y en una fuerza
“tecnológicamente superior” para 2039
El
mes pasado, Alemania publicó su primera estrategia militar oficial, presentada
por Boris Pistorius, ministro de Defensa del país. Su principal objetivo es
transformar la Bundeswehr en “el ejército convencional más fuerte de Europa”
para 2035, y en una fuerza “tecnológicamente superior” para 2039, con la
República Federal situada como principal potencia militar del continente y
socio principal de sus aliados europeos. Para lograrlo, la estrategia prevé un
rearme masivo con armas de largo alcance, un amplio despliegue de inteligencia
artificial, automatización y sistemas autónomos, y una fuerza total –incluidas
las reservas– de 460.000 soldados. La reserva se plantea explícitamente como un
puente hacia la sociedad civil, lo que indica una intención de ampliar la
militarización social.
La
estrategia ha suscitado reacciones muy dispares. Algunos la aclaman como un
paso largamente esperado para liberar a Alemania –y, por extensión, a Europa–
de la tutela militar norteamericana, dada la aparente “desvinculación” de EEUU
de la OTAN. Otros la consideran un peligroso resurgimiento del nacionalismo
militar alemán, que evoca el capítulo más oscuro de la historia europea del
siglo XX. Ambas interpretaciones pasan por alto lo esencial. El rearme de
Alemania no está diseñado para hacer que el país sea más soberano militarmente
–para bien o para mal–. Está diseñado para elevar el papel de Alemania como
“vasallo en jefe” dentro de la estructura de mando de la OTAN controlada por
los Estados Unidos. En este sentido, la disputa entre Trump y Merz debería
considerarse poco más que teatro político.
El
propio documento lo deja claro. Una de sus frases clave reza: “La OTAN debe
volverse más europea para seguir siendo transatlántica”. El papel de Alemania
no se concibe meramente como el de un actor militar de primera línea, sino como
centro logístico y estratégico de la OTAN: el nodo que une Europa Oriental,
Central y Occidental, al tiempo que mantiene la conexión transatlántica con
Norteamérica. En otras palabras: Alemania debe rearmarse para sostener la
hegemonía estadounidense en el continente. Parafraseando una famosa frase de la
novela italiana El gatopardo: “Todo tiene que cambiar para que todo
pueda seguir igual”.
Así lo dejaba claro un reciente mensaje en X de Elbridge
Colby, subsecretario de Defensa para Política de los Estados Unidos.
Colby acogía con satisfacción la nueva estrategia militar de Alemania como una
reivindicación de la presión ejercida por Trump sobre los aliados europeos para
que se rearmaran, y la presentaba como un paso hacia lo que él denomina “OTAN
3.0”. Su argumento principal es que Europa, liderada por Alemania, debe ahora
convertir los Compromisos de La Haya –en los que los europeos se comprometieron
a una inversión histórica, con el objetivo de destinar el 5 % de su PIB a
Defensa para 2035– en capacidad militar concreta. Citaba aprobatoriamente al
secretario general de la OTAN, Rutte: “Sistemas de defensa aérea, drones,
munición, radares, capacidades espaciales: eso es lo que nos mantendrá a
salvo”. En lo que respecta específicamente a Alemania, Colby presentaba la
nueva estrategia militar como prueba de que Berlín estaba por fin dando un paso
al frente tras “años de desarme”, señalando que el rebautizado Departamento de
Guerra ya estaba colaborando estrechamente con los alemanes para acelerar la
transición.
La
propia estrategia, tal y como la citaba Colby, reconoce que Washington “está
desplazando cada vez más su enfoque estratégico hacia el hemisferio occidental
y el Indo-Pacífico” y exige a los aliados que “intensifiquen sus esfuerzos para
salvaguardar su propia seguridad”. Alemania, en este contexto, debe convertirse
en “un aliado militar aún más fuerte de Estados Unidos” precisamente porque
este país está reorientando sus esfuerzos hacia otros lugares.
Esto
no es más que una reformulación de la “división del trabajo” que el secretario
de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, anunció nada más tomar posesión la
Administración Trump. Dejó claro que los Estados Unidos debían centrar su
atención en otros frentes –ahora sabemos que se refería a Irán y, en última
instancia, a China– y que, por lo tanto, Europa tendría que asumir la
responsabilidad de “gestionar su propia seguridad”, lo que implicaba mantener
la presión sobre Rusia a través de Ucrania. Europa cumplió con su parte: ha
aumentado su gasto en defensa y ha redoblado su apoyo a Kiev, mediante el
préstamo incluso de 90.000 millones de euros recientemente aprobado. Ahora
estamos asistiendo a la progresión natural de esa lógica, a medida que Europa
asume toda la carga financiera para la continuación de la guerra por poderes
contra Rusia.
En
resumen, los Estados Unidos no se están “desvinculando de Europa”; simplemente
exigen que Europa contribuya más a la OTAN, sin dejar de estar firmemente
integrados en la estructura de mando de la Alianza –en definitiva, que pague
más por su propia subordinación–.
Esto
exige una reevaluación de la estrategia general de Trump hacia Rusia. Aunque se
le acusa habitualmente de “apaciguar a Putin” –con críticos que citan su recorte
de la financiación norteamericana a Ucrania y sus intentos (fallidos) de
negociar un acuerdo de paz–, la realidad es más compleja. Washington lleva
mucho tiempo tratando de obligar a Europa a desvincularse del gas ruso y
sustituirlo por GNL estadounidense, y la guerra en Ucrania les ha permitido
lograrlo –hasta tal punto que cabe preguntarse si la estrategia norteamericana
de décadas en Ucrania, desde ayudar a derrocar al gobierno elegido
democráticamente en 2014 hasta atraer firmemente al país a la órbita informal
de la OTAN, no se diseñó precisamente para provocar a los rusos y llevarlos a
la guerra. La explosión del gasoducto Nord Stream debe entenderse
siempre como parte de esta estrategia. Esto se hace aún más evidente
a la luz de la última Estrategia de Seguridad Nacional de los EEUU, publicada
en noviembre de 2025, que designa el “dominio energético norteamericano” en
petróleo, gas, carbón y energía nuclear como una prioridad estratégica máxima,
encuadrando explícitamente la expansión de las exportaciones energéticas
norteamericanas como un medio de “proyectar poder”.
Esta lógica no sólo arroja luz sobre las campañas
militares de los EEUU contra Venezuela e Irán, sino también sobre
por qué, con el fin de mantener a Europa dependiente de la energía
norteamericana y aislada de los suministros rusos, tiene Washington un interés
estructural en que continúe la guerra por poderes. Por lo tanto, es fácil
llegar a la conclusión de que los EEUU nunca fueron sinceros en sus intenciones
de hacer las paces con Rusia. La única diferencia hoy en día es que la guerra
ya no se libra solo a través de Ucrania, sino a través de la propia Europa.
En
vista de ello, las aparentes “amenazas” de Estados Unidos de abandonar la OTAN
–y el programa de rearme de la clase dirigente europea, sobre todo el de
Alemania– se revelan como componentes de la misma estrategia: mantener a Europa
subordinada a las prioridades geopolíticas norteamericanas. La nueva estrategia
militar alemana no es más que el cumplimiento por parte de Berlín del papel que
Washington le ha asignado: mantener la línea frente a Rusia mientras los
Estados Unidos se orientan hacia el Indo-Pacífico y el hemisferio occidental.
Esto no es nacionalismo, militar o de otro tipo, sino todo lo contrario: el menoscabo
de los intereses fundamentales alemanes y europeos a manos de una élite
transnacional.
Alemania debe entenderse como pilar de un
nuevo núcleo europeizado de la OTAN, compuesto por Alemania, Francia, el Reino
Unido y la propia Ucrania
En
este contexto, Alemania debe entenderse como pilar de un nuevo núcleo
europeizado de la OTAN, compuesto por Alemania, Francia, el Reino Unido y la
propia Ucrania (aunque esta última se encuentre formalmente fuera de la
Alianza). Esto también refleja un plan estadounidense de larga data. En el
libro The Grand Chessboard [‘El gran tablero mundial: La
supremacía estadounidense y sus imperativos estratégicos’ (Paidós, 1998)], el
influyente diplomático polacoestadounidense Zbigniew Brzezinski predijo que “la
colaboración política franco-germano-polaco-ucraniana… podría evolucionar hacia
una asociación que potenciara la profundidad geoestratégica de Europa”, y
añadió que “el objetivo geoestratégico central de los Estados Unidos en Europa
puede resumirse de forma muy sencilla: consolidar, a través de una asociación
transatlántica más genuina, la cabeza de puente de los EEUU en el continente
euroasiático”.
Con
ello debería disiparse cualquier idea residual de que lo que estamos
presenciando equivale a un avance hacia la autonomía estratégica alemana o
europea. No es casualidad que la nueva estrategia militar de Alemania
identifique a Rusia como “amenaza más grave e inmediata” para la seguridad
europea, una afirmación que forma parte de una descripción europea más amplia
que advierte de una guerra inevitable con Moscú en los próximos años. A primera
vista, esta postura antirrusa podría parecer que refleja una postura claramente
“europea”, aparentemente en desacuerdo con la posición pública de Washington.
Pero esto resulta en buena medida una ilusión. No sólo ha interiorizado a fondo
el establishment transatlántico europeo las prioridades
estratégicas de los Estados Unidos, sino que la jerarquía de mando de la OTAN
deja clara la verdadera cadena de autoridad.
El
control operativo real de la guerra por poderes contra Rusia sigue estando
firmemente en manos angloamericanas. Al frente se encuentra el Cuartel General
Supremo de las Potencias Aliadas en Europa (SHAPE), con sede en Mons (Bélgica),
que traduce las decisiones políticas en objetivos militares. El Comandante
Supremo Aliado en Europa (SACEUR) –siempre un general norteamericano, que
también ejerce como comandante del Mando Europeo de los EEUU– lo dirige junto
con un adjunto británico. Un general alemán coordina el trabajo del Estado
Mayor en calidad de jefe de Estado Mayor, pero la toma de decisiones efectiva
recae en los dos mandos superiores.
Por
debajo del SHAPE, el mando operativo se divide en dos ramas: tres mandos de
fuerzas conjuntas (JFC), que son los auténticos comandantes de teatro para
operaciones a gran escala, y tres mandos de componentes que abarcan el ámbito
aéreo (Ramstein, Alemania), terrestre (Esmirna, Turquía) y marítimo (Northwood,
Reino Unido). MARCOM, el mando marítimo, ha estado tradicionalmente bajo el
liderazgo del Reino Unido, pero los Estados Unidos asumieron recientemente su
control, situando los tres mandos de componentes bajo mando norteamericano –una
consolidación significativa que ha pasado en gran medida inadvertida–. Hasta
cuando un oficial europeo dirige un JFC –como el mando del JFC de Nápoles, que
recientemente pasó de los Estados Unidos a Italia–, sigue bajo control
norteamericano la dirección estratégica general; los comandantes de los JFC
ejecutan los objetivos fijados por el SHAPE.
Existe una densa presencia de oficiales
del Estado Mayor norteamericanos integrados en toda la estructura de mando de
la OTAN en todos los niveles de la jerarquía
Hay
otras dos dependencias estructurales que refuerzan el dominio norteamericano.
La primera es el concepto C4ISR (Mando, Control, Comunicaciones, Informática,
Inteligencia, Vigilancia y Reconocimiento): los aliados europeos dependen casi
por completo de las plataformas de satélite, aéreas y marítimas, de Estados
Unidos para obtener inteligencia, vigilancia y localización de objetivos en
tiempo real, lo que en conjunto constituye la columna vertebral de la capacidad
de combate de la OTAN. De hecho, hasta el Wall Street
Journal ha reconocido que las
operaciones de ataque en profundidad de Ucrania dentro de Rusia
–incluidas, recientemente, las dirigidas contra varias instalaciones de
producción de petróleo– no podrían llevarse a cabo sin la inteligencia y las
capacidades por satélite norteamericanas. La segunda dependencia, menos visible
en el debate público, pero potencialmente más trascendental, es la densa
presencia de oficiales del Estado Mayor norteamericanos integrados en toda la
estructura de mando de la OTAN en todos los niveles de la jerarquía, lo que le
otorga a Washington un control institucional que ningún cambio en los títulos
de mando puede desplazar fácilmente.
Todo
esto debería disipar cualquier idea de que los Estados Unidos no están
profundamente implicados en la guerra de Ucrania, o de que tienen la intención
de abandonar la OTAN y “desvincularse” realmente de Europa. Más allá de la
estructura de mando, Estados Unidos opera numerosas bases e instalaciones
militares en todo el continente, tanto en el marco de la OTAN como bajo control
exclusivo estadounidense, que son indispensables para su proyección de poder a
escala mundial. La base aérea de Ramstein, en Alemania –que alberga a unos 16.000
soldados– funciona como centro de control del tráfico de drones militares a
escala mundial, al tiempo que coordina las operaciones aéreas norteamericanas
en Europa, África y Oriente Medio.
Una investigación reciente del Wall Street
Journal confirmaba que, a pesar de las protestas
públicas de los líderes europeos, las bases norteamericanas en todo el
continente han funcionado como infraestructura esencial para la guerra de los
Estados Unidos contra Irán. Tal como afirmaba el artículo, “Europa sigue siendo
la base de la proyección de la fuerza norteamericana en el mundo”. Hasta el
secretario general de la OTAN, Rutte, describió recientemente el propósito de
la OTAN como “plataforma de proyección de poder para los Estados
Unidos”.
Otro
elemento es lo que los analistas denominan “dividendos ocultos” de la OTAN: los
contratos y pedidos para las industrias de defensa norteamericanas. Esta red de
1.300 acuerdos entre los 32 Estados miembros que establecen las normas para las
armas y el equipamiento de la OTAN –que abarcan desde los calibres de munición
hasta los diámetros de los depósitos de combustible– fue impuesta
originariamente por Washington y favorece de manera abrumadora al complejo
militar-industrial norteamericano.
El
rearme alemán y europeo, por lo tanto, en el contexto de una OTAN supuestamente
más “europea”, no está reforzando la autonomía europea, sino que la está
erosionando aún más. No solo convierte a Europa en cómplice de las aventuras
militares cada vez más temerarias de Washington, como demuestra la guerra con
Irán, sino que, lo cual es aún más grave, está empujando al continente a un
enfrentamiento potencialmente catastrófico con Rusia. Moscú está observando y
respondiendo en consecuencia. En un discurso reciente, el ministro de Asuntos
Exteriores, Lavrov, manifestó: “Se
nos ha declarado abiertamente la guerra. Se está utilizando al
régimen de Kiev como punta de lanza. Sin embargo, todo el mundo es consciente
de que esta punta es inutilizable sin los suministros occidentales de armas,
datos de inteligencia, sistemas de satélites, entrenamiento de personal militar
y mucho más”. Lavrov añadió que los líderes occidentales están preparando
activamente a sus ciudadanos para la guerra con Rusia –utilizando a Ucrania
para ganar tiempo– y que Rusia se toma la amenaza muy en serio. No se pueden
exagerar los peligros del camino que estamos recorriendo.
Cabe
hacer una última observación. El historiador francés Emmanuel Todd ha
sostenido que gran parte de lo que hoy se considera nacionalismo en Occidente
–de Alemania al Japón– es, de hecho, una forma de nacionalismo “imaginario”: un
vasallaje hacia los Estados Unidos disfrazado de soberanía. Contrasta esto con
el nacionalismo “real”, una política genuinamente orientada a la soberanía que
hoy en día brilla por su ausencia. El neomilitarismo alemán, como se ha
argumentado aquí, encaja perfectamente en la primera categoría. Pero esto no
significa que no pueda resurgir un “verdadero” nacionalismo alemán –con sus
consiguientes aspiraciones de hegemonía continental–. La militarización de la
sociedad alemana y el endurecimiento del sentimiento antirruso son fenómenos
reales y cada vez más profundos. Al fin y al cabo, hay un precedente histórico.
Hace un siglo, la clase dirigente angloamericana toleró el rearme militar nazi
como baluarte antisoviético, sólo para que el monstruo alemán acabara zafándose
de su correa. El contexto interno alemán actual es, obviamente, muy diferente
–y, por supuesto, se puede argumentar, y esperar, que un “verdadero”
nacionalismo alemán reconocería que los intereses genuinos del país residen en
la paz y no en la guerra. Aun así, los paralelismos son imposibles de ignorar.