Manuel Ruiz Romero
La verdad histórica apaga la leyenda, tanto como la rigurosidad despeja el mito. Documento mata relato. La búsqueda de la verdad ridiculiza la propaganda interesada. 46 años después del 28F me empujan a una síntesis que, por breve, no dejará de ser rigurosa. No significan argumentos simplones como se acostumbra a hacer ahora; más bien, aportar claridad en momentos vitales para nuestra tierra. Los últimos años han sido pródigos en relatos que cuestionan la literatura oficial: mantras inducidos por las siglas que, hasta ahora, más ha gobernado la Junta. Al paso de tiempo se simplifican los argumentos y conviene refrescarlos. Aunque, hay que decirlo claro, la riqueza de matices resulta imposible reducirlos más.
Como prólogo diremos que el 28 de febrero de 1980 no se vota la autonomía. Más bien, un procedimiento constitucional para acceder, por la vía del artículo 151, al club de las nacionalidades históricas. Es decir, autogobiernos con máximas competencias. Dicho de otra forma, con aquel referéndum no se alcanzaba nada en concreto: era un paso más pero no el único, ni el definitivo, ni el más importante. Sí fue una demostración soberana del pueblo.
Cinco puntos pues para desvelar fake news y atreverse a pasar pantalla de lo que se ha venido repitiendo año tras año, tanto como omitiendo interesadamente. O bien simplificando hasta distorsionar a la verdad. Una nueva generación que no vivió aquellos hechos ha crecido empapada de tópicos y mitificaciones. Justo ahora que algunos no valoran la conquista histórica que significó, despreciando nuestra identidad tanto como nuestra autonomía (aunque se sienten y cobren en el Parlamento andaluz), es el mejor momento para apreciar lo que Blas Infante y los suyos intentaron desde la incomprensión o el desprecio de la derecha e izquierda tradicional y los sectores más reaccionarios. Vamos con ello.
Seguir leyendo es lavozdelsur.es
